Nov 26 2009
Warlock, de Oakley Hall
Hace años que no me enfrento a la lectura de un western, desde los tiempos en los que hurgaba en los cajones donde mi padre guardaba las novelas de Marcial Lafuente Estefanía editadas en un papel infame por Bruguera, edición que permitió al género llegar a prácticamente todos los hogares españoles, igual que el folletín amoroso de Collín Tellado.
Este western, que no novela de vaqueros, supera con creces el nivel literario de las obras que guardaba en mi memoria, así que me llevé una notable y agradable sorpresa cuando me sumergí en Warlock de Oakley Hall, para muchos el mejor western de todos los tiempos.
Para los que hemos crecido viendo este género en las tardes del sábado de TVE es reconfortante poder indagar sin tapujos, mediante una obra escrita, en un mundo fascinante que pobló con imágenes nuestra infancia, pero en la que faltaban las palabras para completar ese fresco de un mundo salvaje y lejano que los americanos han logrado hacernos tan cercano.
Warlock es una ciudad sin ley, un pueblo nacido a raíz del florecimiento de las minas, plagado de mineros que beben sin descanso el jornal que ganan duramente, donde los vaqueros campan a sus anchas y donde los pocos ciudadanos preocupados por su negocios y el futuro de la ciudad contratan a un conocido pistolero para que la ley vuelva a sus calles polvorientas. A partir de ahí todo se complica, los muertos se multiplican y poco a poco nos vemos entrando en el salón del pueblo mientras se hace el silencio a nuestro alrededor y acariciamos sin rubor la culata de plata de nuestro Colt 45.
Asomando entre la acción, que no nos deja respirar tranquilos cuando nos repantigamos en la silla de la cárcel y apoyamos nuestras botas camperas sobre la mesa del sheriff, se nos presenta una aguda una reflexión sobre el bien y el mal, sobre quien ostenta dichos títulos en una sociedad balbuceante que debe forjar las reglas que la guíen, sobre el rencor, la envidia y el perdón, sobre quienes son en realidad los buenos y los malos, con el aliciente de que para variar, en este caso los indios no son los malos y ni tan siquiera tienen una presencia constante en la narración.
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Publicado el 26 de Noviembre de 2009 a las 07:03
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