Ene 11 2010
Montañas como islas, de Forrest Carter
Resulta muy gratificante encontrarse un libro como Montañas como islas de Forrest Carter, un libro inocente y sencillo donde ríes y lloras con las pequeñas y a veces insignificantes aventuras de Pequeño Árbol, un indio cherokee de cinco años que al morir sus padres se va a vivir con sus abuelos en las montañas.
Ese es el argumento básico del libro, pero lo que cuenta es mucho más, nos narra la complicidad de los indios con la naturaleza, su filosofía razonable y sostenible, sus conocimientos ancestrales, su sencilla forma de vivir. Nos desvela la inocencia de quien no ha conocido el progreso, provocando una sensible falta de entendimiento del funcionamiento de la sociedad del hombre blanco, con quien no comulga ni comparte muchos de sus posicionamientos ante el mundo.
Pequeño Árbol y nosotros junto a él, vamos conociendo capitulo a capitulo cómo se vive en las montañas, como se interpretan las señales del bosque y del viento, como se debe escuchar los signos de la naturaleza en su plenitud, cómo entender el murmullo de los árboles y del río, que hablan sin parar y a los que sólo hay que prestar un poco de atención para entenderles. Y así seguimos los pasos del abuelo y de la abuela, que unidos inexorablemente por un cordón umbilical irrompible a las montañas, protegen el entorno que les da de comer como si de su propia familia se tratase. También vamos descubriendo los conflictos provocados por permanecer fuera de los cánones de la sociedad de los blancos, las dificultades diarias de llevar una vida ajena a lo establecido que provocan situaciones absurdas para los abuelos y Pequeño Árbol, a las que se enfrentan sin comprender gran cosa, y que intentan solucionar a la manera de los indios, es decir, con tal sencillez y flema que los blancos pierden los nervios y finalmente, por aburrimiento, les dejan tranquilos.
Reímos con los básicos razonamientos del abuelo cuando la abuela les lee todas las noches a Shakespeare, porque no entiende tanto lío, lloramos cuando Pequeño Árbol debe abandonarlos para irse al hospicio, obligado por la “gente de bien” del pueblo, sonreímos cuando entre Pequeño Árbol y el abuelo consiguen dar esquinazo a los blancos que quieren comprar el fantástico whisky que fabrican ambos en el alambique escondido en las montañas, y nos emocionamos cuando se desborda el amor que se profesan los abuelos y su nieto por la ladera que les cobija.
Hay tanta magia en estas páginas que no sé que mas decir, leedlo, no os arrepentiréis, es un canto a la naturaleza y a la bondad del hombre, a la sencillez que hemos olvidado, un grito para recordarnos que debemos cuidar nuestra casa, no sólo la casa formada por cuatro paredes que cuidamos los blancos, sino la CASA con mayúsculas que cuidaban los indios, las montañas y la naturaleza de este maltratado mundo.
Más información:
Opinión de los lectores sobre Montañas como islas en Doumo Editorial
Filmografía de Forrest Carter en culturalia.net
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Publicado el 11 de Enero de 2010 a las 08:03
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