May 15 2009
Mi vida artÃstica, de Pepe Isbert
Pocas personas de nuestro paÃs podrán decir que no recuerdan al vociferante alcalde de “Bienvenido, Mister Marshall” de Berlanga o al entrañable abuelo de “La gran familia” de Fernando Palacios y su famoso grito desesperado -”¡Chenchoooo, Chenchooo…!”- en las navidades madrileñas de 1965. Este actor al que el cine ha detenido en la tercera edad protagonizó desde los años treinta gran cantidad de pelÃculas, representó infinidad de obras teatrales y recorrió kilómetros como casi ningún otro actor de nuestro paÃs. Aunque eso si, con un aspecto mucho más juvenil que el que tenemos todos en la cabeza. Estas memorias, tituladas Mi vida artÃstica, fueron inicialmente publicadas en los años sesenta y ahora se recuperan como parte importante de la memoria cinematográfica y teatral de nuestro paÃs.
Con un estilo claro y conciso, sin grandes florituras literarias, el gran Pepe Isbert nos ilumina con su mirada amable su trayectoria vital y profesional, su lucha por hacerse un hueco en el mundo teatral y cinematográfico en una de la época dorada de ambos medios en la que convivÃan con gran éxito. Mediante pequeñas y jugosas anécdotas nos deja asomarnos al gran corazón que escondÃa y su inigualable sentido del humor. Nos relata divertido su debut con catorce años en el teatro de la Comedia de Madrid, cuando su familia anuló automáticamente el abono del que disponÃan al leer no las malas, sino las buenas crÃticas que recibió, todo ello para intentar que no cogiera más gusto del que ya albergaba por el mundo de la farándula y la interpretación.
Nos desvela pequeños incidentes que alegraron su vida personal y profesional, y otros momentos más tristes, haciéndonos llegar muy dentro ese Ãmpetu por vivir que transmiten todas sus palabras, todas sus vivencias. Incluso en los momentos duros la vitalidad y el optimismo se palpan en cada frase. Ni tan siquiera la aparición de la enfermedad borra la sonrisa que inconscientemente forman nuestros labios al leer su especial forma de contarlo. La detección de un papiloma benigno en su garganta, motivo por el cual su voz sonaba aún más cascada, justo cuando rodó El verdugo con Berlanga, provocó la extirpación de una de sus cuerdas vocales. Dicho incidente le obligó en sus últimos años, a utilizar la pluma para comunicarse con el resto del mundo. Y ese triste realidad se convierte en sus manos en fuente de otras numerosas anécdotas que nos relata verdaderamente divertido, aún postrado en su cama del hospital.
Junto con un prólogo del actor Javier Cámara y otro de su hija MarÃa Isbert,  ayuda fundamental en la redacción de estas intensas memorias, el eterno abuelo de la pantalla adquiere mediante la lectura de sus memorias otra dimensión más completa, compleja y cercana, convirtiéndose aún con mayor razón si es que eso es posible, en “el gran abuelo”, tierno y un pelÃn cascarrabias. Ese que todos quisiéramos tener.
Colaboración escrita para Cinissimo
Otras opiniones:
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Más información:
Bienvenido Mister Marshall en Angel Lapestra: Un cine del siglo XX
Luis GarcÃa Berlanga en El batallón literario
La gran familia y sus secuelas en La abadia de Berzano
MarÃa Isbert en El periodista digital
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Publicado el 15 de Mayo de 2009 a las 09:03
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